Futuro inmediato, el envejecimiento de España

El comportamiento que proyecta la población española para la primera mitad del siglo XXI marca una acentuada tendencia al decrecimiento vegetativo, queriendo decir esto que el número absoluto de españoles tiende a decaer ostensiblemente en lo inmediato, con todo lo que esto implica en los ámbitos inmobiliario y económico en general para el futuro de España.

Los cambios poblacionales se producen a un ritmo tal que son notables al transcurrir periodos razonablemente largos. Los comportamientos de hoy marcaran tendencia quizá en los próximos veinte años.

Es así como el seguimiento que realiza muy celosamente el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) arroja cifras que pueden resultar alarmantes cuando se proyectan en su más inmediato horizonte, establecido en sus estudios para el 2064.

Esta fecha pudiese lucir bastante lejana; sin embargo, en materia demográfica cualquier política adoptada para corregir cualquier tendencia indeseable solo verá resultados a largo plazo.

Los números

Lo primero que cabe resaltar es que la tendencia del crecimiento vegetativo de la población española viene en picada en tal medida que las proyecciones sugieren que para 2064 habrá un 13,4 % (5,5 millones) menos que lo contabilizado actualmente, que bordea los 46 millones de habitantes.

Aunque las migraciones muestran un crecimiento positivo, su volumen no será suficiente para compensar la caída vegetativa a la que nos referimos. La tasa de nacimientos disminuye de forma importante y el resultado que se proyecta no es nada halagador.

Como sabemos, la riqueza de las naciones proviene del empuje productivo de su gente. Procurar un crecimiento económico de un país pasa por un aumento armónico de su población, por lo que las proyecciones estimadas en este sentido ameritan tomar acciones.

La pirámide etaria

A lo descrito anteriormente se une un aumento importante de la esperanza de vida que en los últimos 20 años ha pasado de 75,94 a 80,60 en los hombres, y de 82,73 a 86,10 en las mujeres. Esto en promedio se traduce en casi 4 años adicionales de vida luego del momento de jubilación.

Si bien esto es un dato muy alentador, al combinarse con una disminución de la tasa de nacimientos el impacto en la pirámide etaria —sobre la cual se basa el llamado “Estado de bienestar”— es demoledor.

Lo que se denomina “tasa de envejecimiento” llegó en España al 120 % para el 2017. Este indicador mide la cantidad de personas sobre los 64 años con respecto a la cantidad de niños menores a 16.

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Es decir, que en España para el momento se registraban 120 personas en edad de retiro por cada 100 niños y jóvenes por debajo de la edad señalada.

Ya esto refleja un problema que habrá que atajar debido a las consecuencias inmediatas que supone al sistema público de pensiones, que ya en la actualidad enfrenta problemas preocupantes para servir a la población jubilada.

Hay que recalcar que las pensiones que se otorgan basadas en los sistemas de reparto, asumen una distribución etaria que sea favorable para poder funcionar. A finales del siglo XIX —cuando nacieron sus fundamentos— la esperanza de vida apenas sobrepasaba los 65 años de edad, lo que marca una diferencia vital ante las condiciones actuales.

Esta combinación de pirámide etaria que tiende a invertirse, sumado a la caída importante de nacimientos, trae como consecuencia directa que hay muchas más personas dependientes de las que se encuentran en plena etapa productiva, atentando fuertemente contra los actuales sistemas de pensión.

¿Quién pagará los platos rotos?

Tomando en cuenta las proyecciones del INE que hemos estado mencionando, es muy probable que en este mismo siglo veamos un quiebre de los sistemas de pensiones tal y como los conocemos.

Para 2064 se estima que la relación cotizante-pensionista que para 2017 se ubicó en 2,2 (algo más de dos personas activas que aportan por cada jubilado), puede caer a 1,5 o menos. Si bien en la actualidad ya supone una carga fiscal importante cubrir el déficit existente, lo estimado para la séptima década puede provocar el colapso.

Pareciera que asumir políticas implementadas en otros puntos geográficos del planeta es urgente. Desde ya pueden estimularse los fondos de ahorros individuales que pudieran coexistir con el sistema actual, para entonces aliviar la presión que significará una población dependiente creciente.

Nadie querrá sufrir los cambios que vendrán en muchos aspectos —por ejemplo, en la edad de retiro— pero es que simplemente las cifras no dan. Algunos tendremos que transitar complejas reformas más temprano que tarde, que sinceren un sistema que sencillamente ya no se adecúa a la realidad.

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